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El viticultor que unió las estrellas con la copa: la revolución enoturística de Juan Jesús Valdelana

El viticultor Juan Jesús “Juanje” Valdelana, 13.ª generación de una saga de La Rioja Alavesa, defendió en su ponencia que en el enoturismo el producto pesa menos que la experiencia humana. Afirmó que lo que más valora el visitante es cómo es recibido, la calidez del espacio y solo en tercer lugar el vino, cuya calidad el cliente “da por hecha” si lo anterior ha funcionado.
Valdelana hiló su relato desde el origen familiar —un antepasado carbonero, Pedro Ibarrola, que cambió su apellido por Valdelana al asentarse como primer viticultor de la zona— hasta su propia formación en el monasterio de San Millán de la Cogolla, cuna del castellano. Denunció que Rioja atrae sobre todo turismo gastronómico y muy poco cultural, pese al peso histórico de enclaves como San Millán.
Recordó la desertización del campo en La Rioja Alavesa y cómo el Gobierno vasco reaccionó formando a un joven de cada pueblo en viticultura, enología y marketing, lo que ha convertido al vino en el primer sector agroalimentario del País Vasco. Destacó que 9.800 personas viven activamente del vino en la zona y que unas 4.000 tienen en él su principal fuente de ingresos, con 330 millones de botellas que llevan el nombre de su tierra.
En cuanto al vino, sintetizó su filosofía en cuatro pilares: la tierra, la climatología, la variedad y la intervención humana como mero transmisor entre naturaleza y producto final. Subrayó que una botella resume todo lo que ha ocurrido en un territorio durante un año, pese a que el 99% de su composición sea similar en todas; “solo el 1% la hace diferente”, comparó, como ocurre con una lágrima y su contenido emocional.
Valdelana relató cómo fusionó sus conocimientos de enología con el catasterismo —la mitología grecorromana proyectada en el firmamento, que estudió seis años— para vincular vino y estrellas. De esa visión nace Centum Vitis, un vino de viñas prefiloxéricas con alto contenido en resveratrol, al que añade pétalos de oro comestible traídos de Núremberg. Según explicó, el producto se posiciona como un proyecto único, utilizado incluso para celebrar el final del Ramadán en embajadas de Emiratos Árabes en ciudades como París, Londres o Nueva York.
El bodeguero ha adquirido fincas donde se asientan restos de un dolmen neolítico, un poblado visigodo, una necrópolis y un poblado romano, configurando un recorrido por civilizaciones que han ocupado la cara sur de la Sierra Cantabria desde el Jurásico. En sus visitas rehúye la explicación técnica de barricas y depósitos y se centra en crear una experiencia singular que convierta al visitante en “discípulo” de la marca.
Valdelana presumió de que su bodega es la más premiada en los concursos que representan a Rioja y a España, con cuatro galardones, por delante de nombres históricos como Marqués de Riscal, Marqués de Murrieta o Muga. Una de sus joyas es la finca Romanera, en un meandro del Ebro hasta donde llegó el emperador Tiberio, quien implantó allí la vitis vinifera para abastecer de vino a las legiones romanas; hoy conserva viñedos prefiloxéricos de altísima calidad.
Su gran apuesta enoturística son los “maridajes estelares”, organizados en una finca experimental de cinco hectáreas con 135 variedades de uva de todo el mundo, plantadas en líneas, cada una de un país distinto. Este viñedo de investigación busca determinar qué variedades ofrecen mayor aroma, color, acidez o estabilidad, y sirve además de escenario para un formato que combina cena, música y astronomía.
En julio y agosto reciben allí a 150 personas cada fin de semana. Ofrecen siete pinchos de kilómetro cero cocinados in situ, acompañados de un concierto. Terminada la cena, sin contaminación lumínica, un láser guiado por un programa de dos horas de autonomía localiza estrellas en el firmamento, las “trae” a una pantalla de tres metros y las detiene para explicar su historia. Cada estrella se marida con un vino y una canción, tejiendo un relato que vincula firmamento, copa y banda sonora.
Estos maridajes estelares han saltado de La Rioja Alavesa al mundo, con actuaciones en lugares tan dispares como el lago Baikal en Siberia, Alemania, Holanda, Bélgica, México, Guatemala o Canarias. Sirven tanto para apoyar a distribuidores e importadores en la promoción de los vinos como para eventos privados exclusivos.
Valdelana cerró su intervención con una fábula de Samaniego sobre un anciano que implora a la muerte seguir viviendo “en buena compañía y al lado de la copa de un buen vino”. Con esa imagen, reivindicó el tiempo como el bien más valioso, algo que no se puede comprar ni recuperar, y ligó esa reflexión a la responsabilidad de quienes trabajan en enoturismo: hacer que el tiempo que el visitante les entrega sea una experiencia capaz, en sus palabras, de “besar el alma, porque la piel se la puede besar cualquiera”.









