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Un lugar en la Ribera: cuando el vino y la mesa se convierten en comunidad

 

Marta Iglesias presentó un proyecto nacido “de forma súper orgánica” en La Aguilera, un pequeño pueblo de la Ribera del Duero, que busca reconectar a la gente del territorio a través del vino, la gastronomía y la mesa compartida. Junto a su hermana Esther, enóloga de quinta generación familiar vinculada al viñedo, ha convertido la finca de su padre en un punto de encuentro donde se dan cita cocineros, viticultores, vecinos y viajeros.

El formato es sencillo y profundamente local: largas mesas entre viñedos, cocina de temporada ligada a lo que ofrece la huerta y productores cercanos, y vinos seleccionados para salirse de la “Sota, caballo y rey” habitual en las cartas de la zona. Lo que comenzó con una comida entre amigos del vino y la cocina derivó en experiencias abiertas donde visitantes nacionales e internacionales, especialmente de Latinoamérica, pueden vivir la Ribera “como la vivimos nosotros”.

Las escenas son tan domésticas como poderosas: la madre de Marta cocinando, un padre asando chuletillas al sarmiento, y un grupo de amigas cosiendo manteles y posavasos para las cenas, convirtiendo la preparación en un ritual social. Cada detalle está pensado: vajilla artesanal española y extranjera, copas sopladas, menús impresos y platos que conectan territorios, como tacos mexicanos con torrezno de Soria o frijoles colombianos con uvas verdes de la finca.

El vino es el otro gran eje. Esther coordina bodegas y botellas especiales, y las catas se conciben como una puerta de entrada incluso para quienes aseguran que “no beben vino”, pero descubren nuevos matices cuando se les sirve algo fuera de lo habitual. Estas veladas, difundidas únicamente por Instagram, buscan también un impacto económico en la zona: que quien prueba unos huevos de una pequeña granja local elija después esos mismos en el supermercado.

Más allá de la experiencia gastronómica, Iglesias insistió en la dimensión social del proyecto: abrir la casa para mezclar grupos, romper la timidez de los pueblos pequeños y tejer sinergias inesperadas entre personas que apenas se conocían de vista. Para ella, compartir lo que se es —sin sofisticaciones impostadas— es la única manera de que tradiciones como el lechazo o las chuletillas al sarmiento sigan vivas. Cada invitado que cruza la puerta, sostiene, deja algo de sí en la Ribera y se lleva, a cambio, una memoria íntima: la de haber sido acogido en una casa, más que en un restaurante.

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